¿A dónde vamos 2017? *

Puede parecer redundante iniciar el año con la pregunta que suelen hacerse todos, o, creo yo muchos se hacen; pero es que un nuevo año siempre es un nuevo comienzo, como una larga carretera con una montaña altísima al final que esconde algo, un algo que deseamos con mucha ilusión. Para mí es así.

Entonces, desde que inició mi año me vengo haciendo la pregunta y, como también es costumbre, tuve que sentarme a encontrar respuestas mientras que escribía.

Hace poco cumplí un año en Venezuela, 12 meses que nunca imaginé en un sólo lugar, pero que los viví sin arrepentimientos. Compartí con mi familia, me reencontré con viejos amigos, con las montañas de mi linda Mérida, con el calor agobiante de la Maracaibo de mis padres y con la Venezuela de ahora, esa que tanta impotencia nos da y, al mismo tiempo, impulsa a quererla por el anhelo de la que fue hace unos años y la necesidad de recuperarla.

En un año también descubrí gente maravillosa, que le sigue apostando a crear y construir un mejor país desde el arte, desde la necesidad de soñar para vivir en medio de tanta laxitud. Con ellos viajé kilómetros, en una cruzada que creía muy personal pero que necesitó de otras voces y otras fuerzas para complementarse. Hablo de esa deuda mía que es el cine, escribir cine, contar cine, pensar en cine. Este año que pasó siento que hice un agujero en esa ventana que parecía cerrada y aunque aún me falte muchos kilómetros más, dejar entrar ese poco de luz me hace ver más grande.

Gracias a todas esas personas rescaté una duda, me la pregunté varias noches, hasta despertar con la certeza de que, sin importar qué montaña, cuál carretera o a qué bus decida subirme; mi único camino posible es la escritura. Esa manía mía de observar, de conjugar palabras con el único propósito de contar historias; historias sobre gente, sobre la neblina meciéndose en las montañas, sobre mis miedos y los de otros. Historias para leerse y para verse.

Ya hoy no me avergüenza cuando un guardia me para en la ruta y me pregunta:

-¿A qué se dedica?

Soy escritora

-Sí, ¿pero qué hace?

Pues, escribir. Contar historias

Ahora, en duda quedan ellos. Yo no.

Mi viaje en 2016 fue muy personal, consistió en reafirmar mi hipótesis de que sin importar que tantos vestidos tenga o cuántas veces salga a comer fuera, mi mayor ganancia es administrar mi tiempo en mis pasiones, darles mis últimos pensamientos antes de dormir y los primeros al despertarme, con la confianza de que éstas me devolverán el doble y me transformarán en la persona que siempre he querido ser.

También sé que el viaje que emprenda este año debe estar lleno de la voluntad suficiente, de la convicción necesaria para no dudar nuevamente. Por eso me siento a reflexionar, ¿a dónde ir en 2017?, ¿qué paisajes quiero ver? ¿qué necesita Os?

Movimiento

Cuando decidí abrir esta bitácora estaba en Uruguay, bañada por la bruma de su invierno en la costa. Fue allá cuando imaginé una vida siempre en transición, con millones de postales en la memoria; cada una con paisajes distintos, con historias de vida diferentes, con frío, calor, con muchas flores también distintas.

Viajando he aprendido a que no hay obstáculos para moverse y 2017 es un recordatorio de ese principio. Pronto caminaré por un país que hace mucho quería conocer, un lugar que en mi adolescencia me hacía mucha ilusión y que, ahora, será mi próximo destino.

Les dejo una pista: tendré casi dos millones de kilómetros 2 para recorrer, entre colores muy vivos, antiguas civilizaciones y una gastronomía tan variada que ya me parece andaré eufórica por querer aprender a prepararlo todo.

Construir un hogar

Es la lección que más me costó aceptar en 2016. Necesito un cuarto propio, como bien lo diría Virginia Woolf, con un escritorio, con libros para ocupar sus repisas, con flores en botellas recicladas que lo decoren. También necesito paredes para llenar de notitas y garabatos; un lugar para cantar a los gritos cualquiera de Silvio o para partir y regresar a la hora que necesite, sabiendo que ese hogar me recibirá sin importar si es de día o de medianoche.

Hay viajeros que no lo necesitan, que pueden improvisarlo en cualquier montaña o desierto o, sencillamente, no les hace falta; pero a mí sí, y tengo mucha ilusión de que en ese lugar en el pronto amaneceré lejos de Venezuela, está ese hogar soñado.

Retomar mi libro

Venezuela sigue siendo mi página en blanco. Desde que mi amiga y editora Desiree les contara a qué se parecía mi libro, no he podido retomarlo; quizá porque me sucede lo mismo que cuando enfrenté las páginas para Argentina: había vivido tantas emociones en sus calles y veredas que no sabía qué escribir, me había acostumbrado tanto a su luz que me sentía parte tan de ella que no hallaba sorpresas, no encontraba más historias que mis propias histerias y conflictos. Entonces, sentía que hacia trampa; que no merecía escribirle. Eso mismo siento ahora con Venezuela.

Aún así tengo muchas fotografías, paseos en familia, sonrisas con personas a quienes quiero muchísimo y anécdotas que merecen ser contadas. Sospecho, es cuestión de encontrar ese hogar y sacar todas esas imágenes, revolverlas y empezar a darles forma con palabras. Temo también que ocurra similar a mis páginas para Argentina: que terminen por ser una compilación de aquello que no pude hacer, de las cosas que se me escaparon por no ser capaz de ver en medio de tanto caos y desorden y de todos los anhelos como enunciados o listas de deseos para cuando vuelva. Porque es así, Argentina y Venezuela son un hogar; dos países a los que siempre querré volver.

Sincerarme conmigo misma

Es la promesa más difícil. Es la herencia más honda  descubierta y cultivada en Buenos Aires, es esa necesidad de preguntarme cosas, de saber las respuestas y no encararlas, de sospechar qué quiero pero nunca saber los cómo. Es sincerarme conmigo y, como consecuencia, con todos.

Necesito escribir, SÍ, pero no quiero escribir sólo de mis viajes. Siento mucha necesidad de retomar mis diarios, los versos abandonados, los cuentos a media página, los bocetos de otros guiones apuntados en mi libreta. Lo mío es una mixtura (palabra que me gusta porque se parece al mundo), un híbrido suelto que no acaba por definirse, pero que se divierte imaginando, recreando la realidad, escapando de ésta.

He llegado a cuestionarme hasta el nombre de este blog, hay días que me parece infantil y hasta ambiguo, porque me limita a compartir sólo lo relacionado a mis viajes, porque lo abandono mientras exploro otros territorios que para mi siguen siendo viajes, pero que los cursos marketineros y otros influyentes en la materia me dicen que no, que no es lo ‘correcto’ ni la garantía de ningún éxito. Y, ojo, no es que comparta esos principios (ni siquiera he superado el ítem de ‘marca personal’), pero bueno, si algo quisiera es que muchos me leyeran, que me acompañaran en todo este delirio, que me dijeran si les importa/inspira las cosas que escribo o, si de una buena vez por todas, me dejo de seguir consejos y recomendaciones de los llamados expertos y me decido a ser yo, con mis vaivenes, con mis búsquedas siempre abiertas. No lo sé, a mis casi 30, no lo sé…

Quizá la persona que una vez me dijo “eres una eterna adolescente” tenga razón o el supuesto cumplido de un venezolano en Baires también sea cierto: “eres algo así, como un animalito perdido en la gran ciudad”.

Este que pongo de último es quizá el más complejo, pero es uno de mis grandes propósitos y acertijos por resolver en mi 2017.

¡Que mi nuevo destino ayude a conseguir las respuestas!

*Las fotos las tomé de paseo por el parque Mukumbarí  y por Bosque Pino, ambos en Mérida, Venezuela.

Escrito por Osjanny Montero González
Escribo sobre viajes, mundos propios y me gusta hacer hablar a las imágenes.