Caminar adormecida por Montevideo (I)

Si adormecerse es disminuir la capacidad de movimiento, entonces mi cabeza se mantuvo bajo este estado de letargo durante mis dos días en Montevideo. Yo caminaba, tomaba fotografías, anotaba cosas e incluso podía hablar, pero la producción de pensamientos en mi cerebro me dijo chau por un rato. Días después, cuando regresé, por pocas horas a la capital uruguaya, entendería que estar en calma, transitar calles solitarias o querer dormir a las seis de la tarde son sensaciones muy propias de visitar esta ciudad.

Francisco – mi anfitrión en Couchsurfing- me recibió sin prisas en su casa, me dio un par de orientaciones y adiós, tomé mochila y  cámara e inicié mi exploración. Lo que experimenté después fue parecido a un sueño, del que me despertaron de un susto pero que, sin embargo, reapareció en mi día dos.

Día 1 – Se me cierran los ojos + “¡Despiertaaa, Osss!” + El culpable es el fútbol

En todo Montevideo hay arte callejero muy lindo. Este lo encontré caminando por la Ciudad Vieja.

¡Qué frío hacía en Montevideo por esos días! Yo iba envuelta con tanto trapo que parecía un saco de verduras, la gente en cambio vestía muy sobria. Un abriguito y ya está, entonces mi pinta de “visitante” era más visible.

Caminé cuesta abajo por la av. 18 de julio, con la intención de llegar a la Ciudad Vieja. Pérdida y con los ojos medio atontados sacaba fotos a la velocidad del rayo y me cubría las manos con guantes. Fueron unas 30 cuadras , o más, desde la esquina Tristán Narvaja. Mientras avanzaba pocas cosas despertaban mi interés, era sábado y  los comercios estaban cerrados y, no es que tuviera la intención de comprar algo, pero es que había tan poca gente en la calle que, cada 10 minutos me preguntaba, ¿a dónde se fueron todos?

Antes de llegar a la Plaza Independencia me detuve a ver a los chicos jugar, yo que pensaba que vería pocos niños y resulta que no; en Montevideo hay muchos parques y siempre hay niños jugando a la pelota o columpiándose. Por toda la rambla, diversas plazas ofrecen distracciones familiares que los niños aprovechan a diario.

Niños jugando en Montevideo.

Niños jugando en Montevideo.

Ya en la Ciudad Vieja mi adormecimiento me pedía permiso para sentarse a tomar una sopa calentita en una de las bancas de la peatonal Sarandí, tan calladita y triste a las 4:00 de la tarde. Observé a pequeños grupos de artesanos, imaginé una postal del Bulevar de Los pintores en Mérida (Venezuela) y mi cabeza se fue hundiendo, cada vez más, hacia sus adentros.

El pequeño Casco Histórico de Montevideo tiene un halo habanero; con sus callecitas grises, sus fachadas descascaradas, sus balcones y ventanales. Ese recuerdo se intensificó cuando descendí hasta la Rambla, a la altura de República de Francia- toda la avenida que bordea a la rambla de Montevideo cambia de nombre cada tantas cuadras, yo seguí por Gran Bretaña, República Helénica y Argentina- y vi la muralla que separa a la ciudad del Río de La Plata. Yo sólo cerré los ojos y exclamé para mis adentros, ¡Habana!

Más dormida que despierta, me detuve a  escuchar el canto de un joven que practicaba con su guitarra, sentado frente al río. Cerré los ojos y ¡zas! , unos brazos me envolvían la espalda, una voz inquieta me hablaba y unas manos zarandeaban la cámara con unos ojos revueltos y chisposos. Tun-Tun, es el momento: ¡Despiertaaa Osss! Entonces, reaccioné; traté de ser amistosa hasta que el susurro “te quiero comer…” me espabiló. Me levanté como pude, miré a mi alrededor y caminé con seguridad hasta ver a una posible pareja salvadora. Él me seguía, insistía; pero mi instinto tuvo razón. Una pareja de argentinos que paseaba por la ciudad me ofreció un lugar a su lado y, en menos de 10 minutos los tres caminábamos rumbo a Playa Ramírez.

Montevideo1

Montevideo2

Allí,  en la playa, observé barcos volando sobre el aire, buses amarillos queriendo fundirse con la despedida diaria del sol y decidí quedarme. Mis salvadores continuaron camino hasta Pocitos, yo me adentré en Parque Rodó.

Los niños y sus carcajadas, las filas para comprar  boletos, las madres esperando a sus pequeños, con los brazos abiertos, apenas descendían del gusanito. Esas escenas direccionaron mi mente a la infancia en Maracaibo, en el antiguo Parque Grano de Oro. Me calmé, me sentí despierta y me contagié de la cumbia y del olor a churros, hasta que giré mi cuerpo y él estaba ahí, en una esquina mirándome. Me sobresalté y mis pensamientos se activaron de forma violenta hasta dar con un plan de huída que me sacara de ahí.

Caminé dando vueltas, observé edificios y avenidas y, de pronto, estaba subiendo en dirección a 18 de julio. Llega a casa de Fran – me repetía- con el susto en el corazón y la pregunta ¿a dónde se fueron todos?, nuevamente, en la cabeza. Eran las 7:00 pm. y las calles de Montevideo estaban oscuras, grises, silenciosas.

Parque Rodó.

Parque Rodó.

Cuando llegué a la avenida y mi respiración dejó de ser agitada, cuando miré y él no estaba en ninguna esquina, cuando me acerqué a un restaurante para llenar mi estómago vacío y sólo quedaba una mesa individual porque el ruido y los ojos pegados en la TV no daban para más, comprendería que la culpa la tenía el fútbol. Argentina jugaba la final con Chile en la Copa América y yo, después de vivir más de dos años en Buenos Aires, comería un plato de Bondiola con todos sus juguetes- ensalada + papas fritas -, sin entender nada de pelotas ni tarjetas amarillas.

Día 2 – Mercados vacíos + El prado + Tortas fritas

Peatonal Sarandí de mañana.

Peatonal Sarandí de mañana.

Mi segundo día en la ciudad fue más tranquilo. Desperté temprano y junto con Francisco y su hermana Luli nos fuimos a un clásico de la capital uruguaya, la Feria Tristán Narvaja; sobre la que prometo un Foto-relato porque hay curiosidades pintorescas que se explican mejor con imágenes.

Tempranito por la mañana también me di una vuelta por el tan recomendado Mercado del Puerto, pero no elegí el mejor horario. Suelo relacionar mercados sudamericanos con Bolivia, Perú y Venezuela; con fruta abundante para el desayuno, jugos exóticos y pailas repletas de comida desde las 6:00 am., pero en Montevideo sucedió lo mismo que en Santiago; el mercado es un lugar con puestitos para sentarte a comer, como un restaurante pero más popular.

A las 10:00 am. recién traían la leña al mercado, encendían las estufas y limpiaban las mesas. Así que sólo pude dar vueltas en u por la Ciudad Vieja, encontré más arte callejero en sus paredes y cintas de colores en puertas secretas.

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Más por la tarde, Francisco y Luli me recomendaron ir al barrio El Prado, un parque que te recibe con árboles muy altos; si te adentras descubres el pequeño rosedal, fuentes, lanchas para pasear por los lagos y quioscos en donde se pueden probar las muy ricas tortas fritas.

6.00 pm. y el cielo de Montevideo se oscurecía, el frío se colaba dentro de mis guantes y yo sólo pensaba en acurrucarme debajo de mis sábanas y dormir. Mi cabeza y sus pensamientos se rindieron, de nuevo, al letargo de la ciudad con más habitantes de Uruguay; la más triste en invierno, la de Benedetti, la que propone una tregua, una transición entre salir de tu ciudad de origen y llegar al “paisito” de la América del Sur.

El Prado.

El Prado.

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Escrito por Osjanny Montero González
Escribo sobre viajes, mundos propios y me gusta hacer hablar a las imágenes.